Casi todos sabemos cómo termina la historia de 2 Reyes 6. O eso creemos.
Un ejército rodea de noche el pueblito de Dotán. Al amanecer, un criado joven sale, lo ve y se le hiela la sangre. Eliseo ora una sola frase —«Ruégote, oh Jehová, que abras sus ojos para que vea»— y los montes alrededor están llenos de gente de a caballo y de carros de fuego.
Ahí suele terminar la predicación.
El capítulo no. Y lo que pasa en los seis versículos siguientes es lo que no me he podido quitar de la cabeza esta semana.
2 Reyes 6:18
«Y luego que los Siros descendieron á él, oró Eliseo á Jehová, y dijo: Ruégote que hieras á esta gente con ceguedad. E hiriólos con ceguedad, conforme al dicho de Eliseo.»
Eliseo ora por segunda vez, y ahora al revés. Hace un momento Dios abrió unos ojos. Ahora cierra los ojos de todo un ejército.
Después Eliseo sale al encuentro del ejército que venía por él y les dice que se han equivocado de sitio: que ese no es el camino ni esa la ciudad, que lo sigan y él los lleva al hombre que buscan. Y los conduce —ciegos, en fila— unos quince kilómetros hasta Samaria. La capital. Al corazón de Israel.
Se les abren los ojos, y están dentro de las murallas del enemigo.
El rey de Israel no se lo puede creer.
2 Reyes 6:21
«¿Herirélos, padre mío?»
Casi se le oye la mano buscando la espada.
Y Eliseo le dice que no.
2 Reyes 6:22-23
«No los hieras; ¿herirías tú á los que tomaste cautivos con tu espada y con tu arco? Pon delante de ellos pan y agua, para que coman y beban, y se vuelvan á sus señores. Entonces les fué aparejada grande comida: y como hubieron comido y bebido, enviólos, y ellos se volvieron á su señor. Y nunca más vinieron cuadrillas de Siria á la tierra de Israel.»
Piensa en quién tiene el poder en esa sala.
Eliseo sabe que el ejército del cielo lo rodea. Los hombres que vinieron a prenderlo están ciegos, cautivos y en clara desventaja. Si alguna mañana hubo para ajustar cuentas, fue esa.
Y la usa para servir la cena.
Eliseo pidió pan y agua. Lo que recibieron fue grande comida. Un banquete para los que habían llegado de noche con carros de guerra.
Y las incursiones se acabaron. No después de una batalla. Después de una comida.
Quiero ser honesto con el texto: unos versículos después llega una guerra mucho mayor, y Samaria pasa por un asedio terrible. No es una historia donde la misericordia lo arregla todo para siempre. Es una historia sobre lo que hace un hombre con el poder cuando sabe exactamente cuánto tiene de su lado.
Te cuento por qué esto me tocó.
Cuando siento que mi vida está fuera de control, lo que quiero es que el control de Dios se parezca a la pregunta del rey. ¿Los hiero? Que aparezca, que lo arregle, que gane. Que lo que me hizo daño lo pague.
Pero el hombre que sabía desde el principio que el fuego estaba ahí lo usó para tener misericordia.
Siglos después, en otra noche con una turba armada subiendo por un monte, uno de los suyos saca la espada y le corta la oreja a un siervo. Y Jesús dice:
Mateo 26:52
«Vuelve tu espada á su lugar; porque todos los que tomaren espada, á espada perecerán.»
Lucas añade lo que hizo después.
Lucas 22:51
«Y tocando su oreja, le sanó.»
El que podía llamar a doce legiones de ángeles gastó uno de sus últimos momentos libres en sanar al hombre que venía a arrestarlo.
Así se ve la soberanía en las manos de Alguien que es bueno. Puede herir. No necesita demostrarlo.
Dos cosas, entonces, para la semana que de verdad estás viviendo.
Primero, pide ojos. Mañana, antes de mirar cualquier otra cosa, haz por ti la oración que Eliseo hizo por su criado: «Señor, abre mis ojos.» También puedes pedirle que el ejército se vaya a su casa. Pero pide ojos primero.
Segundo, busca en ti la pregunta del rey. En esta temporada probablemente hay alguien a quien te gustaría que el control de Dios castigara. No tienes que fingir que no te hizo daño. Pero pregúntate qué sería ponerle pan delante: una palabra justa en lugar de una afilada, una oración por esa persona que no te nace hacer.
⚠️ Y escucha bien esto. Si el «ejército» de tu historia es alguien que todavía te está haciendo daño, esto no es una invitación a volver a ponerte a su alcance. Eliseo dio de comer a ese ejército y lo mandó a su casa. La misericordia no es lo mismo que dejar entrar a alguien otra vez.
Pablo lo dijo así, tomando un proverbio que ya era antiguo:
Romanos 12:20
«Así que, si tu enemigo tuviere hambre, dale de comer; si tuviere sed, dale de beber.»
Y lo dice justo después de «Mía es la venganza: yo pagaré, dice el Señor.» Soltar la venganza no es fingir que no importó. Es ponerla en manos de Alguien que juzga con justicia.
Si te sirven unas palabras, ora conmigo:
Señor, abre mis ojos. Muéstrame lo que me rodea y no alcanzo a ver desde aquí. Y donde yo quiero que hieras, enséñame a poner pan delante, sin volver a ponerme al alcance del daño. Te entrego lo que no puedo saldar. Tú juzgas con justicia, y no te has ido. En el nombre de Jesús, amén.
El vídeo de esta semana empieza antes, en el mismo capítulo —al amanecer, con el criado contando caballos— y llega a un lugar que no esperaba: la única otra vez que la Biblia le muestra a Eliseo esos caballos de fuego. Fue el peor día de su vida.
🎥 Mira el vídeo (en inglés): It Doesn't Look Like God's in Control. Here's What You Can't See.
💛 Una palabra honesta antes de irte. Si esta temporada te tiene pensando que no puedes seguir, por favor no lo cargues solo. Habla con un médico, un pastor o una línea de ayuda de tu país: en findahelpline.com hay líneas gratuitas y confidenciales para casi todo el mundo, en EE. UU. puedes llamar o escribir al 988 (hay opción en español) y en España, al 024. La gente sí sale de esto.
El ejército de aquel valle vino a llevarse a un hombre. Se volvió a casa con la barriga llena.
Sea lo que sea que te rodea esta semana, el que sostiene el fuego nunca lo ha usado a la ligera, y no se ha ido a ninguna parte.
Quédate en el fuego.
Norman
Faith Is Fire
